16 de Marzo de 2026 Comunicaciones Comunidad Ecológica Peñalolén

Artes y Oficios: Nada se fuerza; todo se acompaña

 

Valeska Leiva Duarte vive en un pedacito de cerro que para ella es refugio y escuela. Su vida ha girado en torno a la maternidad: dar y cuidar como modo de habitar el mundo. Sin embargo, también fue atravesada por el dolor más profundo cuando su hijo mayor falleció a los 20 años. Esa pérdida quebró el sentido cotidiano y la obligó a buscar formas para seguir.

“El fieltro llegó desde un lugar muy profundo, desde la necesidad de sostenerme cuando la vida se quebró”, recuerda Valeska. Lo que comenzó como la técnica para hacer juguetes para sus hijos se transformó luego de la muerte de José Ignacio: ya no era solo oficio, sino acto de supervivencia y amor. En su jardín —su taller y su santuario— aprendió a escuchar la lana, el agua y el movimiento. “Nada se fuerza. Todo se acompaña”, dice definiendo su manera de trabajar y de vivir el duelo.

Las plantas medicinales y el paisaje son sus maestros. Valeska habla de los maitenes como si la abrazaran al llegar a casa: esa presencia natural la reconecta con la esperanza y la alegría de vivir, “la naturaleza me tomó en brazos cuando no podía más”. Cada pieza que crea es, según ella, “una conversación silenciosa con la naturaleza y con mis propias heridas”: no busca cerrarlas, sino honrarlas. En ese gesto también honra la vida de Santiago, su otro hijo, que estudia psicología y le da luz en el camino.

Como artista, Valeska se mueve en territorios ancestrales y femeninos: el fieltro, la lana, los tiempos largos del trabajo manual. Le conmueve pensar que lo que nace en su jardín termina acompañando hogares en distintos lugares. “Lo íntimo se vuelve compartido”, dice, y en esa frase resume la emoción que siente al ver sus piezas viajar. Viajan mujeres, hadas, de cabello largo, flores, niños pequeños y mucho amor entre lanas y colores.

Su labor como educadora de párvulos se nutre de esta misma mirada: el arte como primer lenguaje humano, sin separación entre emoción, cuerpo y pensamiento. Trabajar con materiales naturales permite a niñas y niños expresarse desde un lugar genuino y sin juicio. Esa pedagogía también la lleva a la educación superior, donde impulsa a jóvenes a reflexionar sobre una forma de habitar el mundo más sensible y responsable. “La educación no puede separarse de la vida ni del territorio que habitamos”, afirma con convicción.

Valeska comparte su oficio en talleres gratuitos para los niños del Camino de La Luna, donde vive, y fue una de las creadoras de la “Placita de los Duendes”, un proyecto comunitario construido entre vecinos que es símbolo de colaboración y afecto. Sobre su rol como docente, ha liderado iniciativas que buscan reconectar a los estudiantes con la vida, la tierra y la responsabilidad colectiva, con experiencias como viajes al Banco Base de Semillas del INIA Intihuasi, en Vicuña, donde los estudiantes reflexionan sobre soberanía alimentaria y el rol ético del profesional.

Para 2026 proyecta fortalecer su labor docente y consolidar su presencia en la tienda del Pueblito Los Dominicos, donde su obra busca un encuentro cálido y respetuoso con quienes la reciben. “Mi camino es honrar la vida, incluso después de la pérdida, y acompañar a otros desde ese mismo lugar”, concluye Valeska, cuyo trabajo es testimonio de cómo el arte y la tierra pueden transformar el dolor en cuidado y sentido colectivo.

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