23 de Diciembre de 2025 Comunicaciones Comunidad Ecológica Peñalolén

El lente de Tomás Munita: libertad e instinto

Más de 25 años de ejercicio profesional, más de 15 premios internacionales y cuatro World Press Photo, Tomás Munita siempre prefiere desaparecer, le acomoda no hablar el idioma de donde tiene que ir a trabajar, porque puede escabullirse y ser invisible. Con los tiempos acotados ya prepara su próximo viaje de trabajo a Afganistán y, durante febrero, Residencia itinerante será una experiencia fotográfica documental para enseñar a quienes lo acompañen.

 

“Llegamos a la Comunidad para echar raíces”, cuenta el fotógrafo Tomás Munita ganador de varios premios internacionales. Venía de vivir en diferentes países, pero con su pareja, una hija pequeña y otro en camino ya era tiempo de parar, asentarse, “compramos un terreno y construimos una casa”.

Su vida en la Comunidad es de tranquilidad y encuentro, de descanso y desconexión, aunque tiene algunos amigos y participa en iniciativas de vecinos, prefiere la calma porque siempre está preparando un nuevo viaje. En este nuevo regreso al barrio, luego de un tiempo en Pucón, compartimos su forma de ver a través del lente de Munita.

¿Cómo llegaste a dedicarte a la fotografía?

Yo estudié fotografía pensando que iba a ser publicista. Decidí estudiar fotografía el año 94. Salí el 93 del colegio y lo decidí en enero del 94. Ya tomaba fotos y pensaba que las posibilidades de trabajo estaban en la publicidad. Trabajé como asistente para un fotógrafo publicitario una vez y me prometí no volver a considerar la publicidad como opción laboral. Me cargó. Me cargó rotundamente, la eliminé de mis posibilidades. Nada en contra de los publicistas, pero a mí no me gustó. Entonces tuve la suerte de hacer la práctica un par de años en La Tercera, y ahí descubrí el fotoperiodismo y me encantó. 

En esa época había diarios de papel y se vendían

Claro te estoy hablando de una época donde había fotoperiodismo. Cuando había fotos en los diarios y eran parte del contenido. En esos años El Mercurio tenía alrededor de 45 fotógrafos. Ahora creo que tiene tres. Esto es una realidad que pasó en todos los medios. Bueno, yo estaba en La Tercera y renuncié. Tenía un ambiente laboral bastante tóxico en ese momento. Después trabajé en El Metropolitano y también renuncié. Me contrató la agencia Associated Press, que estaba de base en Panamá. Me llevaron a Panamá y ahí empecé a cubrir noticias internacionales. 

¿Te mandan a un tema específico o tú eliges qué cubrir?

Si, pero siempre ligado al periodismo. Por ejemplo, vas al funeral de Fidel. Pero en ese funeral no hay solamente fotos del funeral de Fidel, hay otras cosas que van por fuera de la noticia o del hecho que van construyendo. La sociedad va pasando, cómo es la gente, el lugar. En ese espacio ocurre un salto, pues te mandan a algo específico, pero tú vuelves con la visión de otro lado. 

¿Podrías explicarlo?

Yo creo que siempre fue mi opción. Es muy limitante ir a un puro lado, ir a una noticia y cubrir sólo lo evidente. ¿Qué era lo que pasaba? En los medios te mandaban a una conferencia de prensa sobre un tema, en lugar de mandarnos a ver el tema. Entonces yo siempre he creído que las historias son mucho más, más amplias que sólo la posibilidad de fotografiar directamente el hecho o el acto. Un reportaje mucho más profundo. Un ensayo visual tiene más aristas, más posibilidades, más matices. Siempre hay que buscar más. Además, eso es lo lindo de los reportajes. No es una foto o dos, sino que te puedes explayar. Vas a reportear realmente o eso es lo que yo hago. No voy a ilustrar una nota. Yo voy a ver de qué se trata lo que estamos hablando. Voy a hacer una investigación, un reporteo.

Vas sin pauta, en plena libertad, en estos tiempos…

Y lo bonito es que, al menos donde yo trabajo –en el Times, la National Geographic y para un montón de medios de afuera, pero principalmente para esos dos– tenemos total libertad. 

¿Por qué ocurre eso? 

Porque ellos no saben de qué se trata lo que uno va a ver. Porque esa es mi pega. Ir a reportear, ir a observar. Entonces, si yo llego a un lugar –por ejemplo, las elecciones en El Cairo, en Egipto– no tengo idea en profundidad, solo me hago una pincelada básica. Pero yo no conozco la historia de cada candidato. Y no pretendo hacerlo, tampoco el periodista. Si el periodista escribe, yo voy a tomar el pulso en la calle.

¿No te topas con la pega del periodista?

No, pues yo me guío por un ambiente, o sea, por un instinto muy visual, siempre ligado a la situación política, por supuesto. Tuve una conversación con el periodista y entiendo más o menos el movimiento, la danza que significa entre estas distintas fuerzas, la esperanza que hay en alguno, la opresión, si es el caso. Las distintas temáticas las entiendo y soy capaz de encontrar los signos de eso en la calle, visualmente. Entonces, en ese sentido nadie me puede pautear al respecto. Mi editor en Nueva York quizás sabe lo mismo o menos que yo. Me empiezo a guiar por instinto o tomo algunos puntos de partida, como alguna marcha política, algún lugar importante, me voy a parar frente al Palacio de Gobierno o a la Escuela Militar. Me muevo, me muevo, veo los letreros, veo a la gente, veo las actividades. 

De las muchas tomas que haces para tus reportajes e historias, ¿cómo sabes qué imagen queda fuera?

Para mí eso es leer a través de la imagen, a través de la visión. A diferencia de lo que significa –la palabra fotografía es escribir con luz–, para mí es leer con luz. Esencialmente es entender los significados de las cosas a través de la visión. Y cuando uno está tomando fotos en un reportaje, uno está constantemente registrando lo que para uno tiene sentido, sin cuestionárselo mucho. Sencillamente se registra, se documenta. No te voy a decir a todo, pero todo lo que a mí me significa o me produce algo en el momento, sin dudar, lo fotografío. Trato de componer bien y estoy atento a la luz, a los detalles, a las texturas, al color, a los gestos, a las emociones. Después viene la selección y ahí uno empieza a organizar y a darle la posibilidad a estas imágenes de que expresen algo. Porque pueden ser más de mil fotos y dependiendo de cómo las seleccionas, cambias totalmente el relato, o sea, lo defines totalmente. 

Esa persona que define posee un lenguaje capaz de comunicar multiculturalmente, ¿cómo te das cuenta de ese talento?

Es que eso es lo lindo. La fotografía es un lenguaje y cualquiera lo lee. Es una fuerza muy especial que tiene, no necesita traducción. Se lo puedes mostrar a un niño, a una anciana, a una persona de cualquier lugar del mundo y se va a enfrentar a lo mismo. Lo va a leer de manera diferente. Pero el lenguaje es el mismo. Y eso es muy bonito. Efectivamente, yo me porto a mí mismo en todas las situaciones y por lo tanto, hay como un sesgo. La búsqueda de la realidad que estoy relatando, no es totalmente objetiva, soy yo tomando la decisión. Lo que sí puedo decir es que como documentalista todas mis fotos son absolutamente verídicas. Yo no muevo ningún objeto. Yo no le digo a nadie que haga nada a menos que sea un retrato. El retrato tiene otra lógica.

¿Encuentras que eso pasa?

La prensa chilena es terrible. Todos parecen directores de arte. Los fotógrafos hasta en las marchas, en las protestas, le están diciendo a las personas qué hacer. Mira para allá, levanta letreros, grita. Eso es no entender el periodismo. Realmente el valor documental de lo que estamos haciendo es mucho más importante que la imagen. Con nuestro crédito debajo hay un valor documental. Hay algo que después, con los años, cobra valor porque vamos a poder presenciar qué era lo que estaba pasando ahora. Si el fotógrafo lo manipuló ya debiera estar en ilustración, que es otra área. No es prensa.

 

Kabul, Afganistán. 2005

Kabul-Afganistan.-2005

En una entrevista que diste por uno de tus premios, dijiste que las experiencias fotográficas más bellas son las que vives, ¿a qué te refieres?

Me refiero a los viajes a la libertad que nadie está esperando fotos. Recordar y añorar aquellos viajes en que lo que me movía para fotografiar era nada más que mis propias ideas, proyectos y sueños. Bueno, ahora lo sigo haciendo. Estuve como cuatro meses en los Himalayas con los nómades en la meseta tibetana; pero hace años estuvimos en India con mi pareja trabajando ahí. También llevo 12 años viajando a la Patagonia. Más de la mitad de las veces es por mi propio interés de reportear. Llevo años trabajando en los canales de la Patagonia. Cuatro años documentando el desastre de la industria salmonera. Nadie me lo ha encargado. Trabajé tres años en otro proyecto sobre la muerte del río Loa, que lo terminé publicando en New York Times, en Geo, en varios lugares. Llevo también algunos viajes a Bolivia, a Perú por el tema de los textiles andinos. Yo intento buscar mis cosas y realizarlas.

¿Armas los reportajes y los vendes después?

Cuando viajo voy a producir también. Es mi trabajo, si no lo hago desaparezco profesionalmente. Un fotógrafo tiene que producir, necesito producir y tengo que invertir. Créeme que puedo viajar de manera muy económica, sencilla y me encanta. Entonces produzco material y cuando vuelvo dialogo con la revista y siempre me preguntan si tengo algo nuevo. Los editores van cambiando, pero yo mantengo tres o cuatro a los que les muestro.

¿En qué tema estás trabajando de manera personal?

Personalmente me interesan más los temas medioambientales. Actualmente estoy haciendo el tema de la industria salmonera donde he invertido tiempo y muchos recursos, porque me interesa hacerlo. De repente lo voy a publicar.

¿Te has juntado con fundaciones como Greenpeace o Tompkins para ofrecer algo así?

Estas fundaciones o marcas como Patagonia hacen documentales y bastantes buenos. Yo nunca me he acercado a ellos y la verdad es que no he trabajado con activismo directamente. Me trato de mantener siempre en el lado del periodismo, más neutral, a pesar de que obviamente tengo mi opinión. No es activismo lo que hago. Y eso tiene ventajas y desventajas, pero es mejor escuchado si yo aparezco con un reportaje.

¿Más credibilidad?

Claro. Es muy fácil descartar los reportajes hechos por activistas en vez de los realizados por medios neutrales. Por ejemplo, si publico mis fotos del reportaje de la industria salmonera en el New York Times, yo sé que va a haber una investigación seria detrás. Habrá una investigación de periodista que empezará a entrevistar a las personas que aparecen en las fotos, no sé. Y uno tiene que estar dispuesto a eso, a que me pidan mis fotos. Si tengo una determinada escena que puede ser crítica, tengo que estar dispuesto a mostrar todo el material de ese día, todo lo que yo hice, todas las fotos antes y todas las fotos después; mostrar los archivos originales sin el retoque de color, sino el revelado. Eso es periodismo. Yo tengo que estar dispuesto a mostrar cómo llegué a eso. 

Hoy en día no se pide la fuente, harto “truqueo” con IA

Claro, cuando no es periodismo no se pide nada, no se busca. La cantidad de cosas que salen en Instagram o Youtube, ponen lo que quieren. Esa es la principal competencia para mí y mi medio –Instagram para el New York Times–. La gente ahora lee la noticia a través de esas redes sociales, no a través de medios de prensa, directamente.

Los proyectos del futuro

Extracción de guano. Perú. 2008

Extracción de guano. Perú, 2008

¿Qué se viene ahora para Tomás Munita?

Me voy a Afganistán y en febrero tengo “Residencia Itinerante”. Esta residencia de fotografía documental, donde voy con un grupo de personas a pueblos andinos de Perú, en dos fiestas religiosas que confluyen. Es bien interesante, en realidad. Una religiosa. La otra del carnaval de Huaraz, la Cordillera Blanca en Perú. Entonces van a haber mil escenas para fotografiar. Yo guiaré desde la edición.

¿Operar desde las sombras?

Habrá dos personas tomándole una foto a una misma persona o hecho. Y para mí, parte del arte es saber fotografiar sin intervenir la situación. Entonces hay tanta reacción a lo que uno hace, que interviene en lo que sucede. Por eso, hay que lograr enseñar la manera de fotografiar, permitiendo que las personas vuelvan rápidamente a su estado natural. 

¿Cómo llegar a eso? 

Cuando yo edito el material, cuando veo las fotos que ellos toman, puedo entender la relación del fotógrafo con el sujeto. Yo veo todo el proceso, todas las fotos que toma hasta que se va. Y me doy cuenta en qué momento la persona se relajó, se olvidó y a veces, si el fotógrafo estaba sincronizado con eso o no. Se enseña cómo entrar al lugar, hacer fotos, permitir que se suelten, hacer sonar la cámara básicamente hasta que se acostumbren. Y ahí recién empieza tu trabajo. Esa es una manera de hacerlo. Y en una fiesta es mucho más fácil.

Hay mucho escenario, ¿tú también tomarás fotos?

No creo que yo alcance a tomar fotos, yo estaré atrás, seré como un coaching. Lo que sucede en terreno es la mitad, después viene el trabajo de selección, que lo haces mientras está sucediendo todavía afuera. Entonces sale en la mañana, toma fotos, vuelve, seleccionamos, pensamos cómo continuar, qué estamos haciendo bien, qué estamos haciendo mal y volvemos a tomar fotos y después volvemos a seleccionar el mismo día. Entonces es como jugar un partido de fútbol de siete días. Realmente es un entrenamiento. 

Esto que sucede en un escenario de fiesta, ¿tú lo vives solo como profe o te quedas muchos días y empiezas a conocer a la gente? ¿cómo te sacas la carga de los temas?

Todos los temas, todas las culturas, todo es diferente. Muchas veces –como esa foto de la ofrenda a la Pachamama–, nadie me conoce, nadie me abre la puerta realmente, porque tampoco tengo el tiempo, a pesar de que trabajé tres años en ese tema. Muchas veces no generas un vínculo personal, pero lo que busco es desaparecer rápidamente. Y que yo sea un tipo que está ahí, como entre invisible y visible, pero que nadie entiende, que es poco interesante. Porque si se me ponen a hablar me quedo pegado en conversaciones. Y yo quiero tomar fotos. Ahí soy muy serio al respecto. Yo quiero, yo necesito fotografiar mucho más que pasarme grandes tiempos conversando. Me es muy cómodo no hablar el idioma, por ejemplo, porque no tengo que hablar, no pierdo tiempo hablando. Cuando trabajo en Chile me cuesta porque la gente quiere conversar y tú tienes que ser respetuoso, y tienes que explicar quién eres también, y hablar de la temática. Y toma muchísimo tiempo. Yo prefiero rápidamente desaparecer. 

¿Cómo crees que va a afectar estos procesos políticos en el trabajo del fotógrafo en Chile? 

Más allá de la política o la economía, lo que cambió fue el paisaje. ¿Cuál sería la palabra del periodismo? ¿O sea, realmente se hace periodismo de otra manera? Hay muy pocos fotógrafos trabajando en lo que yo hago. Hay que buscar otro modelo de hacer historia, porque vivir de encargo está muy difícil. Yo tengo la suerte de estar todavía ligado a dos medios que no se han achicado tanto. El New York Times y la National Geographic. Todo el resto se achicó.

No sé cómo lo van a hacer mis colegas. Está difícil. Obviamente que se achica el espectro de posibilidades y es una lástima.


Conoce más de su trabajo en www.tomasmunita.com y también toda la información de las residencias itinerantes sobre fotografía documental.