22 de Diciembre de 2025 Comunicaciones Comunidad Ecológica Peñalolén

La Canasta: resistencia y trabajo comunitario

“Quería alimentar a mis hijos de manera sana y buscar las mejores alternativas para lograrlo”, cuenta María Elena Anguita, vecina y una de las fundadoras de La Canasta. Se encontró con un grupo de personas que tenían el mismo norte: mejorar la calidad de los alimentos de sus familias, el consumo consciente a un precio justo. Pensaron y articularon una entidad capaz de reunir los elementos que necesitaban: salud, alimentación y producción local.

Socios La Canasta

 

La idea estaba rondando entre algunos vecinos y apoderados del colegio Rudolf Steiner, un interés genuino por valorar el cuerpo y cómo se nutre. Con referencias de cooperativas de consumo europeas y estadounidenses se lanzaron a organizar la creación de La Canasta. “Se armó como casi todo lo que ocurre en la comunidad: ‘espontáneamente’. Fuimos conversando, armando redes, hablando en el camino y encontrando puntos en común, por ejemplo, dónde comprar las frutas en un lugar parecido a la Feria Orgánica de la Aldea del Encuentro en La Reina”, recuerda Lidia Poza vecina y socia fundadora desde el 2010.

Jossie Escárate, vecina y también pionera de la iniciativa, agrega que tenían de inspiración y referente a la cooperativa estadounidense “Park Slope Food Coop (PSFC)” –ubicada en Brooklyn, Nueva York–, siendo una de las más antiguas gestionada por los socios, teniendo asalariados externos, pero todo articulado por el consejo de socios, quienes son fundamentales en las políticas de compra basadas en la sostenibilidad o en derechos humanos. Como lo fue cuando la cooperativa dejó de vender uva chilena durante la dictadura o productos Nestlé por promover fórmulas en lactantes en vez de la lactancia materna, o Coca-Cola, por la explotación de recursos naturales y condiciones laborales.

 Lidia también reconoce que las motivaciones van evolucionando “son razones poderosas, razones políticas, si tú quieres, de resistencia al establishment o a lo que el consumo te está mostrando u obligando. Las opciones para nosotros eran ir a la feria o al mercado, pero no llenando de plástico el dinero. De alguna manera los que estábamos ahí sentíamos que si queríamos comer bien y rico, teníamos que hacer algo significativo y que fuera consistente con nuestro habitar. Porque estamos aquí en un lugar en el que sentimos que la naturaleza tiene importancia en nuestras vidas”.

Por su parte, Jossie indica que el cooperativismo de consumo es una respuesta al capitalismo desenfrenado que tenemos hoy: “No tenemos control de nada en nuestra vida cotidiana, las transnacionales son las que proveen de todo. Entonces una manera de ir lidiando con eso es generar espacios de comunidad. Ejemplo de ello son las iniciativas ‘compra en tu barrio’, porque hay que intencionar espacios donde converjas con tus vecinos y si es una cooperativa mejor, porque es un espacio donde compras, compartes, trabajas, haces turnos. Aunque a la gente le cuesta hacer por otros, es dedicar tiempo a los vínculos y a lo que te importa también, en este caso vinculado a los alimentos orgánicos y libre de agrotóxicos”.

“Desde mi perspectiva La Canasta es una manera pequeñísima de construir sociedad. Buscamos el bien común, resolver un problema común de manera colectiva: el de la tierra liberándola de agrotóxicos, el de los humanos no ingiriendo pesticidas ni químicos que nos dañen; el de los productores con un intercambio económico a precio Justo y también queremos que los productos, muchas veces en el Mercado con sobreprecio, sean asequibles a la mayor cantidad de personas y por ello, cuidamos el margen”, indica Mena Anguita, fundadora, socia y administradora de La Canasta.

 

Del origen a las formalidades

 

Hace 15 años nació la cooperativa “La Canasta”. Aunque jurídicamente no es una cooperativa, “somos una ONG funcional al alero de la Municipalidad. Tener una figura legal nos da seriedad, porque hay un compromiso. No puedes salirte del mundo 100%, necesitas pagar facturas, hacer transferencias, tener cuentas, tener contratos, pagar leyes sociales y ese tipo de cosas. Un trámite sencillo que igual nos costó, pero que significa permanencia en el tiempo”, declara Lidia.

En cuanto a la funcionalidad, la propuesta de “La Canasta” es sencilla pero poderosa: conectar a los productores locales con los consumidores a través de un sistema de trabajo colaborativo. Todos los sábados, los canasteros –organizados por turnos– se reúnen para armar y entregar los pedidos de alimentos frescos, provenientes de agricultores comprometidos con prácticas sostenibles. Esta interacción no solo fortalece la economía local, sino que también fomenta un sentido de comunidad y solidaridad entre los vecinos. “Hay vecinas que ya no hacen turnos por distintas razones; en épocas de invierno se pueden enfermar o tienen problemas de movilidad. Entonces los canasteros les llevamos su pedido”, cuenta Jossie.

Por otra parte, está el vínculo que se ha generado con los pequeños productores que son los proveedores de años de la ONG. “Nos relacionamos con distintos proveedores y siempre estamos buscando nuevas alternativas. Por ejemplo, una familia de Vicuña produce fruta biodinámica –cultivo basado en principios holísticos, espirituales, ecológicos, promoviendo la biodiversidad. En general, nuestros productos son los mismos de la feria de la Reina. Ellos a través de nuestra administradora nos avisan qué cosas van a tener para la semana, qué van a cosechar”.

Con respecto a los precios, no varían si se comparan con los productos orgánicos de supermercados o negocios más pequeños. “Son decisiones finalmente de economía doméstica, pero son decisiones personales acerca de cómo te va a alimentar cierto producto y por qué. En teoría puede ser un poquito más caro y probablemente la vida del consumidor no va a cambiar. Pero sí puede cambiar o transformar la manera en que yo habito el planeta, la manera en que estoy parado aquí, cómo me relaciono con el vecino, con mi entorno, con la naturaleza, con mi propio cuerpo. Entonces el optar por una alimentación distinta ya es un acto de conciencia”, afirma Lidia.

Además, hace hincapié en la visión de Vandana Shiva, una física matemática india, ecofeminista sobre la importancia de enseñar a cultivar y cocinar pues “es un gesto de autocuidado, de dignidad”.

 

La época de oro: 150 canasteros

 

Durante la pandemia la organización llegó a tener más de 150 inscritos que hacían sus pedidos semanalmente. Con incesante trabajo colaborativo cuentan orgullosamente que La Canasta nunca ha dejado de funcionar en 15 años. 

“Hemos pasado por épocas complejas, porque durante la pandemia fue difícil la gestión de lograr tener los productos. Teníamos 150 familias que alimentar. Nos repartíamos las canastas para llevárselas a las personas que estaban enfermas, a quienes no podían salir. También han habido épocas de mucha bonanza en que hemos intentado nuevas cosas; algunas se han logrado, otras no. También hemos tenido iniciativas como talleres de cocina, pero todo depende del momento vital en que te encuentres”, indica Jossie.

“Nos gusta trabajar juntos, hay un goce, un placer en hacer algo juntos, resolvemos alimentarnos de forma colaborativa, comprensiva con otros. Ha sido una relación amable y de 15 años de duración con los proveedores, donde hay una voluntad de ser empáticos”, agrega Mena.

 

Cómo funciona

 

 

Hay un equipo fijo integrado por cuatro personas y liderado por Mena Anguita que administran: coordinan las compras y entregas semanales de los proveedores, (administradora encargada de turnos, jefe de turno, cajera virtual). Cada miércoles envían el listado de productos de la semana a través de WhatsApp a los socios, quienes deben enviar su pedido hasta el viernes. El día sábado llegan los productos, se arman las canastas según los pedidos, las que son retiradas durante el día. Luego se les envía la boleta por WhatsApp para que transfieran el monto de su cuenta.

Cada sábado, en el patio del Expreso Imaginario, se pueden ver a los socios voluntarios armando los pedidos, pesando las frutas o haciendo cortes de zapallo. “Lo interesante es lo que ocurre mientras se arman las cajas para los socios, ese espacio de conversación único, de cariño, de preocuparse por el otro”, dice Jossie.

Hoy se sostiene con 60 socios activos, que tienen que hacer al menos un pedido al mes. Sin el trabajo de todos La Canasta no funciona, porque lo colaborativo es parte de su origen y de su esencia.

Hace algunas semanas se inició una marcha blanca para abrir el local los miércoles, se atiende a los rezagados y se venden alimentos no perecibles y productos de higiene.

Para ser socio hay que inscribirse pagando una cuota inicial. Cada socio debe hacer cuatro turnos anuales (en total 20 horas de trabajo).

  • Inscripciones +569 6655 1677
  • correo: lacanastacomunitaria@gmail.com
  • IG: @lacanastacomunitariapenalolen