10 de Noviembre de 2025 Comunicaciones Comunidad Ecológica Peñalolén

El amor, el verdadero motor de los Riesen

Hace 35 años que viven en la comunidad. Provenientes de Suiza, el joven matrimonio fue enviado como misionero a hacer trabajo comunitario en la población La Victoria durante la dictadura militar en los 80. Con 50 años de matrimonio son reconocidos por ser facilitadores de espacios amorosos, de participar en todas o casi todas las actividades del barrio, siendo muy queridos.

Teresa y Markus son vecinos antiguos del barrio, llegaron cuando no había cercos, con dos hijas que decidieron criar en Chile. Si bien venían por un tiempo, se fueron quedando y arraigando al territorio. Como dice Tere, fueron capaces de entender el lenguaje de la cordillera y todo se fue dando para hacer de este pedazo de tierra su lugar feliz.

Tere es enfermera y matrona de profesión; Markus es pastor de la Iglesia Reformada Suiza, con estudios en educación y vínculos con comunidades. Llegaron a Chile en plena dictadura a trabajar en conjunto con la Iglesia Católica, haciendo escuela de niños y padres y conteniendo a los pobladores. Tere también trabajó con los pobladores, mujeres principalmente, enseñando a cuidar enfermos, curar heridas, a hacer botiquines; y en la noche curaba a vecinos que habían sido agredidos por el régimen. “Enseñé a que pudieran atenderse con lo que tuvieran, ya que era muy caro o podían ser detenidos si iban a hospitales. También les enseñé a poner inyecciones y curar heridas para que pudieran tener un sustento económico a sus familias, fueron tiempos de mucha violencia y pobreza”.

¿Cómo era su vida antes de la Comunidad?

T: Nosotros venimos de un país muy ordenadito y hermoso, mucho frío, mucha nieve y muy poca comunidad. Como Markus era pastor y yo enfermera teníamos la idea de salir de Suiza, estar fuera 4 o 5 años. Originalmente yo quería ir a África, pero Markus no quiso por el lenguaje. Vimos si podíamos venir a América Latina. Entonces encontramos una agencia que mandaba lo que ustedes llaman misioneros, pero son trabajadores fraternales que van a apoyar y ser puente entre el primer mundo y el tercer mundo. 

Llegamos en 1980, en plena dictadura y esa Iglesia trabajaba en La Victoria y toda la parte sur de Santiago. Nosotros entramos a la organización, yo como enfermera y Markus como educador. Había un programa maravilloso que se llamaba Aprendamos juntos. Y en ese programa nos enchufamos nosotros también con la misma iglesia y con trabajadores sociales, sociólogos, etc.

¿Trabajan en conjunto con la Iglesia Católica?

T: Si, de igual a igual con los curas que estaban ahí. Era un trabajar mano a mano, claro, entre las Iglesias, con los profesionales más la Iglesia Católica. Nos apoyamos mutuamente en todo lo que fue la parte de derechos humanos. Había muertos y heridos todos los días. Abrimos un centro de salud, en conjunto con estudiantes de medicina, brindamos primeros auxilios en la Iglesia Evangélica y en la Iglesia Católica y nos apoyábamos mutuamente porque empezaron a llegar los heridos y los quemados. Todo era colaboración.

¿Qué hacía Markus por mientras?

M: La Tere empezó a atender junto a otros médicos a los heridos en la iglesia pentecostal en la organización SEPAD (Servicio Evangélico para el Desarrollo). Y yo organicé un centro de recreación infantil. Los sábados, jóvenes y niños de varias poblaciones podían jugar. Y obviamente, esos niños y jóvenes también tenían padres. Entonces formamos un grupo con padres, primero una escuela de padres con cuatro parejas más una parvularia y yo; éramos diez personas que nos juntábamos siempre a las 7 de la tarde de los miércoles, para planificar eventos. Una hora era para solamente “limpiar”, contar –las ocho personas– lo que había pasado en esa semana en La Victoria. No era poca cosa.

T: Markus se dedicó mucho al trabajo interno. Al limpiar las experiencias aprenden herramientas para trabajar con otros. Y él era maravilloso en ese tiempo terrible, teníamos una hija chica, entonces alguien tenía que quedarse porque yo entraba a la población en la noche y no se podía salir porque los pacos cercaban la población y toque de queda y se cortaba la luz. Era como una guerra total. Entonces Markus trabajaba con nuestros hijos en esos tiempos terribles.

¿Y aún tenías obligaciones de pastor?

M: Tenía mi trabajo con la población no religioso, pero también tenía que hacer prédica y tuve el honor de dar una misa con Pierre Dubois (sacerdote del Movimiento Obrero de Acción Católica). Con un compañero teólogo en la iglesia pentecostal nos pidieron renovar la escuela dominical para niños. Contrario a lo que se hacía en la prédica, el pastor hablaba y la gente en los bancos, formábamos círculos y desarrollamos una metodología que me encanta hasta hoy: de la vida a la Biblia y de la Biblia a la vida. Eso significa que pusimos en material didáctico una historia de alguien. Entonces ellos empezaron a contar. Y después elegimos un texto bíblico que estaba muy relacionado con el hecho de la vida. 

¿Y cómo salieron de La Victoria?

T: Cuando llegó el cambio (plebiscito 1988), nosotros queríamos volver a Suiza porque teníamos un contrato por cuatro años. Lo alargamos cuatro años y después teníamos que regresar. Nosotros cancelamos nuestro contrato porque no se puede ser trabajador fraternal, con poco financiamiento del extranjero. O te quedas y te conviertes en trabajador igual que todo el mundo. Entonces decidimos que nos volveríamos porque habían sido nueve años muy rudos, mucho miedo, mucho, mucho desgaste, mucho llanto, mucha cosa. Y dijimos: seguridad en Suiza. Y cuando habíamos tomado la decisión, nos dimos cuenta de que no podíamos irnos porque todos los amigos, todo el amor, todo se había gestado aquí y volver significaba quedarnos allá solos… Oh, no podemos volver.

Los suizos chiflados se quedaron

“Como sacar un pedazo de corazón”, es el sentimiento que Tere sintió si se iban de vuelta a su natal Suiza. Para Markus lo que había nacido entre tanto estar en el “territorio” y el trabajo en la población “había generado una mística en nosotros también, ya era algo muy grande, muy humano y muy fuerte en nosotros”.

Pero ya habían renunciado, ¿qué hicieron?

T: Ya habíamos decidido quedarnos y eso implicó que se cortara el auto, el arriendo, la salud, el sueldo, todo, quedamos en la nada. Markus había cedido su cargo en la Iglesia y ya no teníamos plata para vivir, yo no quería trabajar en hospitales y Markus como pastor, dónde iba a trabajar. 

Lo que nos salvó fue este territorio, habíamos comprado este terreno antes del 89 para nuestras dos hijas que son chilenas, fueron adoptadas y queríamos un pedazo de tierra para ellas, para que supieran que tienen un pie en Chile a pesar de que nos iríamos a Suiza. Pero era este terreno y nada más, no teníamos plata para construir. Entonces una amiga nos ayudó para que la municipalidad nos diera una mediagua de 18 m2. Llegamos con las niñas. Sin luz, sin agua, nada. Nos trasladamos aquí. Los chilenos nos tildaron de chiflados, porque no se podía vivir así y seguimos dos o tres años sin luz. 

M: Yo me duchaba con manguera afuera incluso en invierno, entre planchas de pizarreño. Las niñas que tenían cinco o seis años, tuvieron que aprender de este nuevo vivir y aprender que el agua había que cuidarla, que no podías hacer fuego, que vivías en espacio chico –toca una pared de madera donde se encuentra el comedor de la casa, que es parte de la estructura de la mediagua a la cual llegaron, que nunca se cambió y es parte de la casa actual.
Ellas vivían ahí arriba –señala un lugar en altura donde ahora hay moldes y artículos de cocina–, no podíamos poner una cama, porque era tan chico el espacio que aprendieron a tener su lugar de un metro cuadrado y el resto fue vivir afuera. Entonces ayudaron a construir su lugar. Tuvieron que aprender a bañarse por partes, cómo ocupar el agua. Es toda una educación que no buscamos, que era cómo tú haces territorio, cómo ocupas territorio.

¿Entonces el territorio les va guiando su actuar y cómo asentarse aquí?

M: Lo primero que hay que aprender es que no se pueden decidir muchas cosas. Por ejemplo la plantación y elección de árboles, porque había litres y espinos. Entonces, si yo quiero plantar, tengo que entender y sentir cómo funciona el territorio. Tú no puedes decir aquí va esta especie. Si no es el lugar exacto, no funciona, el árbol no brota. Claro, entonces empezamos a aprender y ahí conocimos a Albert en el 90 –Albertino Cariqueo, vecino experto en construcción con materiales nobles y en plantación en la precordillera. Él nos enseñó y sigue con nosotros estos 35 años.

¿Albertino los ayudó a decidir dónde iban a plantar?

T: Albert tiene conocimientos mapuches muy arraigados, sabe exactamente dónde va a crecer algo. Por otra parte, con Markus hicimos un plano, yo con la idea de decidir dónde hacíamos caminos y dejando la idea más flexible de poder cambiar. Descubrimos que cada uno tenía su enfoque. Markus tomó las construcciones y yo tomé el terreno del jardín donde van los caminos, donde tiene que haber agua. Albert lo ayudaba a crecer. Y yo decía aquí eso, aquí eso, aquí eso. Y él traía las plantas, porque todas las plantas que hay en ese terreno son criadas aquí, como él es mapuche, sabía muy bien lo que funcionaba.

Pero ya no hay mediagua y tienen un jardín hermoso

M: Sí, con Albert hicimos el domo que tú ves, mucho de ensayo y error. Fue un proceso largo, Albert y yo trabajamos por meses improvisando, porque cómo logras tú hacer una estructura perfecta, así como huevo o semi huevo. Finalmente lo hicimos con 500 arbolitos de eucalipto, cuando estaban chiquititos para doblarlo.

¿Y cómo lo hicieron para vivir, que pasó con sus trabajos?

M: Eso es lo primero, vivir, una cosa es hacer la casa y otra es vivir. Hay que leer, escuchar y aprender el lenguaje de esta precordillera con sus tiempos y energía. Aprender a escuchar bien, porque si no, no funciona.

T: Yo empecé a capacitarme para poder trabajar, hice un curso de shiatsu y empecé con reiki. Al año de salir de nuestros trabajos se había acabado el dinero, así que Markus tuvo que ir nueve meses a Suiza. Me quedé sola aquí con las niñas y creo que ahí se produjo un giro en mi vida. En esos nueve meses tuve un vínculo muy fuerte con la comunidad yo sola con mis niñas. En las precarias condiciones que me encontraba, tuve vecinos maravillosos que estuvieron conmigo.

La vida sin cercos, con ayuda de mis vecinos

Markus viaja Suiza y consigue fondos para crear una Fundación de trabajo comunitario en Lo Hermida (Fundación Oasis). Tere se queda en Chile, en la Comunidad. Eran tiempos de crianza donde los nueve meses que estuvo Markus en el extranjero, los vecinos hicieron la diferencia. “En mis precarias condiciones, me sentía muy apoyada. Como no teníamos cercos podíamos estar más cerca y mirarnos: los krishnas me apoyaron empujando el auto o nos traían junto a otros amigos, o alguien te llevaba al hospital por urgencias… todo era muy estrecho en ese momento. Ahora, con los cercos que dividen los sitios, no los conoces a todos. Pero creo que una de las grandes cosas de esa comunidad –que fue la semilla–, fue el hacer comunidad buscando en conjunto habitar un territorio. Yo creo que sigue presente, absolutamente”, dice Tere.

¿Eso es para ustedes una característica de la comunidad, del territorio o son las personas que lo habitan?

 T: Yo creo que la gente que viene a vivir aquí algo trae… entre un anhelo, una necesidad de comunidad, de estar con otros, con un sueño que es vivir en una cierta armonía, con un espacio.

M: Claro esto no tenía nada que ver Suiza. Yo creo que para los dos, algo de nuestra personalidad es hacer territorio. Y eso en Suiza tú no puedes hacerlo porque está todo organizado. Entonces, crear espacios como uno sueña, ve o siente, es un privilegio  hacerlo aquí. Suiza es más fome, organizado.

 

Finalmente son reconocidos por ser parte de la organización del territorio

M: Es que hay una historia. Estuve cinco años en Estados Unidos, fui capellán en un hospital y me formé como organizador comunitario en Chicago.

T: Y yo soy hija de pastor. Mis padres trabajaban haciendo comunidad con presos, drogadictos, etc. Entonces los dos tenemos una base en la manera de ser y en el sueño de creer en la comunidad, porque solo en comunidad haciendo espacios amorosos podemos realmente crecer juntos. No es una persona. Somos en conjunto que ponemos los sueños, compartimos sueños, apoyamos a los que se necesitan mutuamente. Entonces yo creo que por personalidad y aprendizaje venimos y siempre estamos, porque amamos hacer comunidad.

¿Cómo lidian con esta sociedad más egoísta, de consumo, que no quiere hacer cosas por los demás? Las personas están más individualistas, ¿cómo lidian con esa resistencia a lo colectivo?

T: Yo siento que es cierto lo que dices, pero también siento que el anhelo más profundo de los seres humanos es estar conectados en espacios amorosos. Creo que necesitamos aprender, hacer espacios como humanos que se conocen, que comparten, que puedan contar en qué estoy y qué me pasa; porque eso forma comunidad, el compartir forma, comunidad y desde ese lugar tú puedes crear, cuidar o ayudar, pero la necesidad de hacer comunidad es desde grupos chicos. 

Por ejemplo, queremos hacer la nueva gobernanza y hacerla crecer. Se puede reconocer el mismo anhelo en mucha gente que es tan entusiasta y empuja. Entonces el individualismo siento que es una forma de miedo que está en la persona. Se ve más que los otros que andan conectando, apoyando, porque es más visible. Yo creo que está en equilibrio. Lo doloroso, oscuro, individualista, está por ley de la vida, en equilibrio con los que traen ganas de sembrar, hacer comunidad. Acá en la comunidad hay más gente que aparece para apoyarse, por ejemplo, cuando hay dificultades o peligro. Puedes ver lo que ocurre cuando suenan los pitos. Si necesitan ayuda en la 20, vamos todos. Sean cosas chicas o grandes. Es poner la siembra, la fe y la confianza que el mundo es vivible y más amoroso cuando se hace en conjunto. Eso yo creo y yo voy a morir creyendo eso y voy a trabajar siempre en eso. Y tú también.

M: Hemos sido muy activos en generar espacios amorosos, para ello, tenemos que observar muy bien cuáles son las necesidades más profundas de los seres humanos. Humberto Maturana dice que el dolor más profundo de cada ser humano es no ser visto, no sentirse visto, no sentirse parte. Y la sociedad tiene toda la capacidad de no ver a las personas. Cuando eres un estudiante, no se te pregunta por tus necesidades. No hay formación del arte de sentir en los colegios, por ejemplo. Entonces hay traumas de niñez que se promueven en las instituciones, en los colegios, hasta en las iglesias. No te ven. Por esta razón, las personas tienen una desconfianza con todo lo que es comunitario. Y tienen miedo de no ser vistos, de no ser parte, otra vez. Se necesita cierta valentía para ir a un grupo. Y sobre todo para los hombres. Las mujeres tienen más facilidad con eso. Al observar que lo fundamental es sentirse visto, entonces obviamente la metodología para invitar a las personas es la narración. Narrar lo que hicimos en la escuela dominical, invitar a la gente a contar cómo fue su semana. Y al narrar, tú estás practicando automáticamente el arte de sentir, porque tú tienes que volver a acordarte no solamente intelectualmente, sino que sentir todos los sabores, olores o todas las emociones. Y tú cuentas y das palabras a eso. Y con el tiempo te das cuenta de que eres única. Y de repente, cuando empiezas a contar y escuchar las historias de todos, aparece la belleza de un desierto florido. Por eso fomentamos la escucha, es lo más importante.

¿Y qué pasa con la crítica?

M: ¡No, sin crítica! Crecimos con pura crítica. Y esos son los traumas. Cuando le das a las personas la oportunidad de contar sus dolores, lo que le pasó sacas de tu cabeza el sentimiento. Sino se queda en tu cabeza para protegerte, para no sentir y vive rumiando allí.

T: En ese relato de grupos pequeños, las personas se van dando cuenta que comparten sentimientos, diciendo cosas como “Yo pensé que solo me pasaba a mi”, “Yo me sentí igual y nunca me atreví a decirlo”. Entonces se van las barreras que la sociedad te impone, que dice qué está bien o mal. Estos espacios de habla y escucha se convierten en crear en conjunto y reconocer en conjunto la forma como vivimos y las redes inconscientes que hemos hecho. Porque yo siento y tú sientes. El puro hecho de que hay gente que te escucha y no critica, te valida. Eso produce una nueva fuerza interior, te da un lugar.

Quizás esa sea la razón o una de las razones del cariño y consideración de las personas de la comunidad hacia ustedes, ¿qué piensan de ello?

T: Yo creo que somos muy entusiastas y yo creo que amamos a otros seres humanos. Nos encanta acercarnos, abrirnos. No tenemos miedo. Yo creo que lo pasamos chancho en la vida, lo pasamos muy bien. Creo que es fácil entusiasmarse porque creemos que la conexión con los seres humanos es un privilegio. Es un gran privilegio porque hay tantas cosas bellas en las personas. Y cuando uno puede compartir con otros sin el juicio, detrás aparecen las locuras de compartir cosas, imagínate fui a un curso de lectura de la borra del café con mis vecinas. Fue increíble.

M: Hemos creado lazos con personas de la parcela, nos juntamos, pero no es para hacer trabajo, es para compartir mi camino, mis penas, dolores, mi alegría, mi conocimiento. Y yo puedo aprender de ti, tú de mí.

T: Markus es abrazador, es un muy buen abrazador. Sin miedo y eso siente su corazón, él tiene la capacidad de abrirse a los demás.

M: Me interesa conectar con las personas, saber qué les pasa a los niños heridos y cómo ayudarles a saber lo que necesitan y cuidarlos.

Los Riesen están siempre preocupados de su entorno y de cómo estar atentos a las necesidades. Que si ven a alguien triste lo invitan a pasar a un café o a un reiki, generosos como para abrir su dormitorio para hacer terapias, para regalar plantas, para abrazar fácil. Un matrimonio cómplice, cariñoso y alegre. Ejemplo de empatía, solidaridad y trabajo comunitario. Son expertos en unir y hacer que las personas bajen las barreras, se conozcan y puedan trabajar por un anhelo común. Qué bueno que la misión fue en Chile.