En tiempos de guerras insensatas y despiadadas, de liderazgos globales deshumanizados, torpes o sencillamente enloquecidos, de observar que el planeta se desangra en lluvias torrenciales o incendios incontrolables, nos cuestionamos si el homo sapiens podrá encontrar la cordura y la sabiduría que el planeta necesita.
Este territorio que se nos concedió gratuitamente solo por el hecho de existir en él y que, administrado por los seres humanos, ha sido digno de grandeza, pero también de mucha inequidad y maltrato.
Habitar un territorio, cualquiera sea este, nos compromete a cuidarlo, conservarlo, mejorarlo y amarlo. Nos motiva a tener buenas prácticas no solo con el suelo que pisamos sino con los cohabitantes de este: con nuestros iguales, nuestros vecinos.
Hace poco en un grupo de trabajo de la Comunidad, hablábamos de cómo cuidar y preservar este hermoso pedazo de tierra, de ciudad, que nos ha sido concedido. Reflexionamos sobre el hecho de ser privilegiados por haber podido preservar un trozo de vida amable y de dimensiones humanas.
Pensábamos en cómo seguir contribuyendo a que este territorio siguiera constituyendo un regalo, a pesar de todos los problemas y conflictos que se dan por la convivencia. Y también cómo tener un Buen Vivir al interior de este, relacionándonos con el exterior.
Surgieron ideas de nuevas normas, letreros, derechos y deberes. Todos elementos legítimos y respetuosos para cohabitar de la mejor manera. Sin embargo, de pronto, una intervención reflexiva nos dejó perplejos. Un vecino compartió las dudas de que fuera posible instaurar por norma una necesidad y responsabilidad que surge desde el corazón. A su juicio ser considerado, respetuoso, empático y solidario con los otros es más fuerte y sólido que cualquier otro intento normativo.
En ese momento, luego de sus palabras, el trabajo del grupo cambió, la mirada se puso hacia otro lugar y comenzó a sacar lo más hermoso del espíritu comunitario, que ha existido y existe, entre los vecinos de esta Comunidad.
Escuchamos muchos ejemplos, tales como llevar a dedo a los peatones; prestar el auto a un vecino en panne aunque no lo conozca por una urgencia; las celebraciones al estilo malón; el trato personalizado de los porteros; el saludo mientras se camina a todo transeúnte; y sobre todo, el arreglo amable y voluntarioso de las múltiples cuitas que la convivencia impone.
Poner de manifiesto que la consideración y el tener en cuenta a los otros es lo imprescindible. El Buen Vivir es una práctica que nos pone la mano en el corazón, que nos hace preguntarnos cada vez si lo que hago influye en el otro y de qué manera.
Entonces, que no nos importe cuantas reglas más surjan, porque si no recordamos e incorporamos el trato que considere al otro como si fuera uno mismo, serán letra muerta, carente de alma y de posibilidad real de ser expresada u “obedecida”.
Por lo tanto, si pongo basura en cualquier lugar, me estaciono inadecuadamente, permito que el agua corra de mi manguera rota o no cuido a mis perros, no es que no sepa que eso no se puede o no se debe hacer. Es porque he dejado de preguntarme si eso afecta, HACE DAÑO O PERJUDICA A OTRO.
¿Es tan inocente pensar que si estas prácticas fueran cotidianas nuestro mundo sería mejor? Tal vez es posible que en este mínimo espacio del mundo aspiremos a aquello. ¿Qué tal si intentamos esta utopía en nuestro pequeño territorio concedido?
Gracias al grupo del Buen Vivir que consensuó este deseo en nuestra última Asamblea Comunitaria. Gracias Markus Riesen por regalarnos siempre tu sabiduría y cordura.
María Viviana Castro
Directora
Junta de Vecinos Comunidad Ecológica de Peñalolén