Entre nosotros, todavía permanecen en este lugar vecinos que son fundadores de este barrio, que han cerrados varios círculos de vida aprendiendo y construyendo por casi cuarenta años, haciendo vecindad e inventando nuevos derroteros y caminos alternativos. Nada ha sido fácil, pero una fuerza mágica nos atrae y todos queremos seguir viviendo en este espacio.

En los talleres que se realizaron el pasado año, se cruzaron experiencias que hablaban desde la solidaridad primaria, ayudando a apagar inicios de incendio, construyendo juntos una pirca, aprendiendo a usar la tierra y la paja como materiales estructurantes de una casa, tejiendo mangueras para capturar el agua de la quebrada, haciendo caminos y limpiando los primeros terrenos. En este contexto nacieron y aprendieron a vivir los primeros hijos de la comunidad.

Años de acercamiento a lo elemental, a lo que fundamenta las bases de lo somos ahora.

También tengo la impresión que este lugar es un refugio, un espacio que se ha encontrado para proteger lo más querido, a hijos con alguna dificultad para vivir, a niños con capacidades distintas, a la soledad prematura, al artista creador, al ser humano desnudo y sencillo, un lugar donde la naturaleza, el silencio, la oscuridad por sí mismo protege y otorga seguridad.

Enhebrando estas realidades complejas y diversas nos hemos ido conociendo, no sin dificultad, con debates, discusiones y no pocas veces con descalificaciones fáciles.

Sin embargo, ya no somos la comunidad de hace cuarenta años, quedan mucho elementos esenciales de ese tiempo fundacional, pero debemos reconocer los cambios que se han producido y buscar estrategias para enfrentarlos mejor.

No podemos solo apelar al pasado o a los elementos que nos identifican. Hoy la población de la comunidad ecológica ha crecido exponencialmente en los últimos diez años, hemos pasado de 350 familias a más de 600. Pero no solo ha sido un crecimiento numérico, sino que ha aumentado la diversidad y las razones que nos apega a este lugar. Hay vecinos que valoran este lugar no solo por la naturaleza y el ecosistema que lo sustenta, sino también porque consideran que es un buen lugar para invertir.

En este contexto de crecimiento, hay construcciones que se hacen en forma apresurada, sin respetar mínimas normas de calidad constructiva y de la materialidad que caracteriza a la comunidad, en varias parcelas se ha aumentado la densidad predial máxima que nosotros mismos definimos. La demanda de agua aumentó, pero la cantidad que llega es la misma o menos. Algunos caminos son estrechos y no permiten el acceso a vehículos de emergencia. Algunos vecinos botan sus escombros en los lugares para acopiar basura, las experiencias de compostaje y reciclaje son menos visibles.

La aspiración de ser una comunidad sustentable está siendo cuestionada. Sin duda que hay experiencias notables y formas de vivir y espacios construidos  que son sustentables, pero hay nuevas tendencias que son distintas y nos puede desdibujar lo que hemos construido.

Tenemos que hacernos cargo de esta nueva realidad, analizar seriamente qué podemos mantener y mejorar y qué aspectos debemos cambiar. Es necesario producir un debate sobre la densidad acordada y su vigencia actual, sobre el sistema de captación, distribución y uso del  agua, sobre la forma y materialidad de la construcción.

Quizás sea necesario hacer un nuevo acuerdo de convivencia. En los talleres surgió esta idea y llegó el momento de abordar este desafío sin temores, abiertamente. Hay distintas comisiones que están trabajando, se están organizando mejor las parcelas, hay un colectivo no menor de cien personas que han demostrado que tienen energía y ganas de construir y crear las bases de un nuevo acuerdo.

Pero estos cambios, no podemos hacerlos mirando solo hacia adentro. La comunidad es parte de un barrio más amplio, con distintas identidades. Es necesario que en forma paralela a la gestión de cambios internos, nos vinculemos con nuestros vecinos, dialogando y  creando con ellos mesas de trabajo y talleres donde integremos los conocimientos de ambas partes. En algunas áreas, la comunidad tiene mucho que aportar y en otras mucho que aprender. La mejor forma de defender lo acumulado es compartirlo con otros, escuchando y también aprendiendo de los vecinos. No podemos quedarnos aislados, necesitamos crear bases sólidas de cooperación, sino lo hacemos, existe el riego de perder lo acumulado y afectar seriamente la supervivencia de la comunidad ecológica.

Pedro Mendizabal Fernández

Vicepresidente de la Junta de Vecinos de la Comunidad Ecológica

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