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Entrevista al fotógrafo Tomás Munita

Nadie podría aventurarse a pensar que aquel vecino que vemos a menudo pedaleando por el Camino del Sol con niños y perros a cuestas es el mismo que viaja por el mundo retratando guerras, sucesos históricos, paisajes impactantes, pueblos ignorados, todo con un ojo privilegiado y único. Esto le ha valido diferentes premios y reconocimientos como el World Press Photo Award en diversas ocasiones. El último correspondió a un trabajo que publicó en el periódico The New York Times en noviembre del pasado año, cuando dedicó varios días a seguir la comitiva que llevó los restos de Castro por toda la isla a modo de homenaje. El título de la serie, “Cuba al borde del cambio”, es toda una declaración de intenciones que trasluce una fuerte vivencia personal acerca de una realidad que para nadie es indiferente, justo en un momento histórico a nivel mundial. Por ello, nos acercamos a conversar con nuestro vecino y desvelar lo que sucedió tras su cámara esos días en Cuba.

¿Cuándo y como nace tu interés y relación con Cuba?

Para un fotógrafo Cuba es una joya.  Ha pasado medio siglo de aislamiento, pero pocos lugares se sienten tan llenos de vida.  El color, la soltura de la gente, la música, la creatividad en todo momento, todo hace que un paseo por las calles sea como abrir una caja de sorpresas, no tienes ni idea con la situación que te vas a encontrar al dar vuelta la esquina.  Siempre quize ir, pero no fue hasta que el New York Times me dio un primer encargo hace algunos años, desde esa vez he vuelto en muchas ocasiones.

¿Cómo te relacionas desde tu cámara con las personas que fotografías para captar esos momentos únicos?

Hay veces en las que se establece alguna suerte de relación, otras veces nada, solamente necesito un consentimiento silencioso, una aprobación tacita de que está bien fotografiar. No siempre puedo conversar para abrirme camino, esto destruye el momento que quiero fotografiar. Me gusta ser solo un testigo, y alterar mínimamente el entorno en donde trabajo, por eso intento pedir permiso solo con un gesto, ser lo más silencioso posible.

Se ven en tus fotografías colores y luces muy especiales. ¿Cómo es la luz que hay en Cuba?

La luz del trópico es siempre más saturada, más vívida y Cuba no es la excepción. Pero lo interesante es que esta exaltación de la luz, este calor y humedad en el aire también se replica en la gente y eso es lo que lo hace interesante, todo se corresponde, en los colores que se usan para vestir, para pintar las casas, en la música, en la comida, en la forma de hablar a gritos.

¿Qué buscabas fotografiar al viajar al funeral de Fidel?

Solo quería ser testigo, buscaba representar un momento, un ambiente, hacerlo con sensibilidad y construir imágenes que además de ser un registro sean interesantes visualmente. Imágenes que logren profundizar y transmitir un estado de ánimo, un momento de importancia histórica.

¿Cómo sentiste la despedida de Fidel en el pueblo Cubano?

Fue una experiencia muy impresionante. Yo ni me imaginaba que la gente iba a responder de esa manera. Para ponerlo simple fue como la muerte de un padre. Imagínate que hay hombres de 60 años que vivieron siempre bajo el alero de Fidel. Su preocupación por él era legítima y por eso el pueblo lo honra. Por supuesto que hay muchos detractores del régimen, al menos en Cuba yo no encontré a ni uno. Los pueblos parecían abandonados ya que todos estaban desde la madrugada apostados en la carretera con fotos o banderas para ver pasar la caravana con los restos de Fidel. Todos fueron. Por cientos de kilómetros había gente a ambos lados de la carretera. Verdaderamente conmovedor.

¿Cómo recibiste este nuevo reconocimiento como fotógrafo que te otorga World Press Photo por tu trabajo en Cuba?

Es una sensación algo extraña, el trabajo que realizo es solitario y lleno de inseguridades, en todo momento. Nosotros los fotógrafos vamos por ahí recolectando imágenes para poder armar relatos visuales de realidades ajenas a las nuestras. Es muchas veces ingrato, es desgastante y requiere de constante entrega. Todo esto se elabora desde el silencio, una suerte de anonimato, por qué nadie entiende que hace ese loco parado hace dos horas en una esquina con una cámara, o por qué esta persona quiere entrar a mi casa a tomar fotos. Son situaciones difíciles en las que estamos obligados a entrar en ese espacio que resulta incómodo estar. Apuntar a la gente con una cámara no es algo ni fácil ni grato. Casi cada vez que regreso de un viaje regreso agotado, agotado de buscar y buscar, de transgredir, de pedir permiso y de estrujar el ojo. Y más tarde cuando vez que las fotos son buenas, que hablan por sí solas, que reflejan lo que vi, que son bien publicadas y quizás premiadas te das cuenta que el esfuerzo no era en vano, que quizás no estaba tan perdido cuando creía que lo estaba.

Puedes visitar su sitio y ver más fotografías  www.tomasmunita.com